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Posted by on Ene 25, 2019 in Amistad, Mamá | 0 comments

Recuerdos de un café

Recuerdos de un café

 

Hace algunas semanas tomé la decisión de dejar el café ¡bueno! No el café, mas bien la cafeína, lo cual me ha traído efectos inmediatos, como el constante sueño o mi pequeña irritabilidad, al fin y al cabo, mi consumo de café se podría considerar una adicción, una droga y como cualquier droga que se deja, pues la abstinencia es un periodo difícil.

Difícil pero no imposible, así que aquí estoy, con más de dos meses sin consumir cafeína y el otro día o mejor dicho la otra noche, cuando estaba tomando mi última taza de café antes de ir a dormir, me vino esa melancolía, recordando desde cuando existe en mi vida este gusto por el café.

Hace muchísimos años atrás cuando era una niña, una tarde después del cole, mi madre tuvo que salir y ¡obvio! No podía quedarme sola en casa, ya que aun era pequeña, así que le pidió a mi tía abuela que me cuidara por un par de horas.

Mi tía vivía en al costado de mi casa, así que era simple llegar, unos 20 pasos y ya estaba parada al frente de su puerta. A pesar de que nos separaban unos cuantos metros y un par de ladrillos, casi nunca entraba a visitarla.

En sí, la casa me daba miedo, tenía dos perros grandotes que mordían e incluso mi tío con quien hasta el día de hoy solo cruzo un hola y chau me daba miedo, siempre lo he visto como un viejo cascarrabias.

Esa tarde al entrar a la casa de mi tía por la puerta del garaje, porque la puerta principal era para invitados, me hizo pasara a su pequeña cocina, donde me alcanzó un banco para sentarme y observarla mientras ella hacía sus cosas. Fue en ese preciso momento, donde mi tía me hizo la pregunta mas inocente de todas “¿quieres una taza de café? Me imagino que mi tia con tantos años encima, se habría olvidado lo que una niña toma y no toma a esa edad.

Mi respuesta inmediata fue “si” y fue así como empezó mi relación tan adictiva al café. El primer sorbo fue una bomba llena de sensaciones inexplicables ¿Cómo algo tan amargo, podía ser tan dulce a la vez?

Horas más tarde, regresé a mi casa con una sonrisa de satisfacción, como si hubiese sido la autora de la travesura más grande de la historia, por supuesto, mi madre nunca supo nada.

Quizá pasaron meses, quizá años, pero sin darme cuenta a la hora del desayuno o lonche prefería un café con leche en vez del clásico leche con milo. Cambié los postres de los almuerzos familiares por pequeñas tazas de café espresso y hasta hace poco no podía irme a dormir sin antes prepararme una taza de café sin azúcar.

Mi tía falleció el año pasado sola en la camilla de un hospital, mi familia y yo nos encontrábamos de viaje visitando a mi segundo hermano en Bélgica. El que ya no esté aquí me hizo recordar muchos detalles; su caminar pausado, sus sandalias con medias a la canilla, su saludar siempre respetuoso, sus muestras de cariño, su sonrisa disimulada cuando me veía llegar del cole, siempre sutil, silenciosa y el mejor de los recuerdos que tengo con ella: Mi primera taza de café.

La vida nos regala recuerdos con olores.  

 

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