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Posted by on Sep 4, 2019 in Mamá | 0 comments

Día 24: Dos días sin Fausto

Día 24: Dos días sin Fausto

 

Hoy mi mamá iba a regresar con Fausto por la tarde, pero me llamó a decirle que el trafico la desanimaba a venir y que Fausto la estaba pasando tan bien que mejor se quedaba a dormir y ya mañana temprano regresaban a la casa.

Me lo dijo tan tranquila que no me dio tiempo de decirle que no, es más, hasta roche me daba de decirle que mejor regresen hoy. Mi mamá va y viene a mi casa mucho más seguido que cuando vivía en San Isidro y la distancia es realmente larga, por ello ya no le dije nada, me mordí la lengua y le dijo “OK, los veo mañana”.

Realmente me sentí triste, extrañaba a mi enano. No lo voy a negar, he podido avanzar las cosas en la casa con calma. He podido descansar un poco y atender a Franco sin apuros, en conclusión me he sentido tranquila, sin esa angustia que muchas veces me invade por no saber cómo atender a dos teniendo solo dos manos, sin embargo, esto de dejar que Fausto sea mas independiente de lo que es, me cuesta más a mí que a él.

Me he dado cuenta que a muchas de mis amigas mamás les pasa lo mismo. Este “desapego saludable” por el que pasamos sin muchas veces desearlo. Como el clásico destete. Recuerdo cuando Fausto decidió ya no tomar leche de mi pecho, no se imaginan como me dolió, sobre todo porque yo era de las que quería dar de lactar hasta los dos años. Fausto aceptó el cambio de pecho por biberón sin culpa, sin llantos. La que lloraba a mares era yo.

Hemos pasado muchas etapas de cambio, donde Fausto me demuestra y enseña que él esta listo y por supuesto, yo no. Lloré toda una mañana el primer día que lo llevé al nido. Frank me conoce tan bien que ese día se quedó en la casa y a mí regreso me acurrucó y esperó que me quedará dormida para recién irse a trabajar. Ese día cuando recogí a Fausto, era el niño de 2 años y medio más feliz del mundo.

Lo mismo pasó con el primer día de clases en el colegio. Lloré a moco tendido en el auto y Frank me consoló entre besos y abrazos con una taza de caramel macchiato. Al ir en la tarde por Fausto, me di cuenta que todo estaba bien, Fausto aceptó el cambio de nido a cole sin ningún problema y estaba emocionado de estar en un “nido más grande”

Finales del año pasado una mañana sin previo aviso, Fausto me pidió que me quedara en la entrada del nido. Es día, él sintió que no era necesario que lo acompañara hasta su salón. Fue un puñal directo a mi corazón y para rematarlo se despidió de mi con un simple chau, sin beso ni apachurre. Respiré profundo para no llorar, ya que las auxiliares que estaban en la puerta viendo la escena. Esa vez no lloré, pero lagrimeé en el auto de regreso a casa.

Así, puedo mencionarles un sinfín de momentos donde Fausto me hace sentir que la que sufre con esta etapa de desapego saludable soy yo. Que soy yo la que no quiere, la que no crece y la que no deja ir.

Hoy, cuando hablé con él por teléfono para que me contara que se iba a quedar con la Api un día más y me dijo, siempre tan maduro: “Mamá, tranquila, estoy feliz con la Api”

Así que me repito eso todo el tiempo: Tranquila, él esta bien y tu también lo estarás.

 

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